lunes, marzo 05, 2007

Existencia

Hace ya tiempo que nadie escribe sobre las hojas del cuaderno de bitácora de esa nave a la deriva. La humedad lo empapa todo, con su olor ponzoñoso a muerte y esa sensación de recuerdos dolorosos. Sí, ya sé que la vida es intensa y hay que manejarla deprisa, para convertirte en un bonito cadáver. Sí, ya sé que la vida ocupa más latidos al corazón y más bocanadas al aire que cualquier droga dura que puedas probar. Las ilusiones se diluyen en un vaso de sangre medio vacío mientras tus pasos se dirigen a la proximidad de una tumba con tu nombre.
Las hojas caducas de los árboles hace tiempo que dejaron de barrer el suelo y las nieves en otra época posiblemente eternas, ahora son pequeños riachuelos que se mezclan con el polvo del camino. Dentro de nada el sol abrasador nos secará como pasas amargas y buscaremos la sombra de una terraza para podernos tomar un vermut, un Martini blanco con hielo –mucho hielo- y unas aceitunas estaría bien. Y la playa volverá a ser una rutina de delicioso cansancio y de sudor con sabor a sal.
Pero allí, en la lejanía de tu torreón, en ese valle donde habitas, puede que todo esto se revele como un nostálgico recuerdo de tiempos mejores. Rodeado de hormigón, naves industriales y olor nauseabundo de ríos infectos, de productos químicos y nuestra propia miseria, ya nadie se acuerda de las palabras escritas sobre un papel manchado de cera y gotas de vino, de un proyecto que nació como demostración de que entre todas estas estupideces, siempre se puede sacar algo bello.
Esperemos que este periodo de transición se antoje pasajero y fugaz para volver a escuchar penetrantes melodías mezcladas con imágenes alucinógenas y risas distorsionadas sobre si tú o yo estamos muertos, ¿o qué?... y es que todavía nadie se ha dado cuenta de nada.